Maternidad

Madre que trabaja, madre que se siente culpable (a ratitos, sí)

Hoy os estoy escribiendo desde el Ave. Voy a Barcelona a una reunión de trabajo y a las siete de la tarde estaré de vuelta. Me he separado muchas veces muchas horas de Carmen. No he dormido fuera pero se ha dado el caso de salir por la mañana y no volver hasta por la noche. SIn embargo hoy es la primera vez que me separo kilómetros y kilómetros de ella. Es una tontería pero tengo un no sé qué en el estómago. No pienso en cosas malas, ni mucho menos pero no puedo obviar que, si por ejemplo, tuviese fiebre, no podría dejarlo todo el irme corriendo para llevarla yo al médico. Bueno, sí, podría pero tardaría como mínimo tres horas. Se queda en buenas manos y una de sus madrinas estará pendiente si algo hace falta hasta que yo llegue.

Me estoy fijando en las pasajeras que van en el mismo vagón, Todas tienen una edad similar a la mía. Van todas trabajando, leyendo informes, con el ipad, Otra lee el País. Tienen todas pinta de ser madres aunque eso sólo son imaginaciones mías. Lo que sí sé es que van y vuelven en el día. Al menos eso intuyo por la ausencia de equipaje en el vagón. Me pregunto cómo tendrán organizada la intendencia ensus hogares. Cuántas habrán pasado una mala noche por toses, mocos y o llantos varios. Los hombres del vagón son minoría, uno lee el Marca y el otro habla por el móvil todo el rato. Al menos lo hace sin gritar y se agradece, es demasiado temprano para poder aguantar un vocero. Se me viene a la cabeza la cantidad de mujeres que conozco y que no han tenido la misma suerte que yo y han tenido que separarse de sus hijos a los pocos días de nacer. Estoy pensando en Paca, mi amiga azafata, que cuando se incorporó cuatro meses después de dar a luz a su primer hijo la enviaron destacada ¡un mes! a Canadá. Treinta largos días sin achuchar a su hijo, sin olerlo, sin darle esos mordisquitos tan típicos de madre…¿cómo lo pudiste aguantar? «con mucha resignación. No hago más que preguntarme cuándo se me pasará esta congoja que siento cuando me separo de ella y estoy lejos. Me pregunto si esto disminuye con el tiempo y en mi cabeza algo me dice que no, que es una «eterna condena» estar siempre como en un ¡ay! cada vez que te sabes lejos de tu hija.

¿Serían más felices las mujeres de hace un siglo que no sólo no trabajaban sino que no se esperaba de ellas que lo hicieran? Porque a mí me gusta trabajar (bueno, es que además como no soy rica por familia no me queda más remedio que hacerlo) y no me gustaría estar en casa mano sobre mano (ya, ya sé que en casa hay mucho qué hacer) Si decidiese quedarme en casa me sentiría culpable por no trabajar pero si en el trabajo tuviese que estar constantemente viajando creo que me sentiría también fatal por dejar a mi hija más de un día con su cuidadora. (por cierto que un día dedicaré un post sobre las cuidadoras y lo mucho que dependemos de ellas las madres que trabajamos, si además estamos solas, ni qué decir) Está claro que las madres nunca estamos satisfechas con lo que hacemos, siempre nos estamos culpando de todo y por todo. En fin que a ver si se pasa rápido el día y llegan pronto las siete y media y llego a casa y me da tiempo a bañarla.

Neurótica, qué soy una neurótica. ¿Por cierto, le pasará esto a los hombres?

Fuente: Día a día de una madre

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